Por Pimpi Colombo, Subsecretaria de Defensa del Consumidor*
Algunos se preguntan ¿por qué en Argentina no pueden ser las cosas como en los países “normales”?. ¿Países normales? Sí, países como Estados Unidos, como Australia, como los países europeos. Porque esos países ya han superado un debate que en el nuestro vuelve recurrentemente: ese debate nos remite a elegir si queremos ser un país donde se gane dinero por hacer o se siga ganando por tener. ¿Vamos a seguir discutiendo eternamente si queremos ser un país que exporta materia prima sin valor agregado?.
La lucha por imponer ese modelo ya comenzó con las invasiones inglesas, siguió cuando Rivadavia se sentó en el Directorio y a Mariano Moreno se lo tragaban las aguas; fue la discusión cuando Rosas impidió el ingreso de las flotas inglesa y francesa, y cuando Mitre encabezó el genocidio del hermano pueblo paraguayo en la guerra de la triple alianza; fue la misma discusión que se sintió ganadora durante la celebración del centenario mientras Bialet Massé informaba el estado deplorable de la situación social argentina, así como fue la misma discusión durante la década infame cuando los grandes ganaderos exigían al gobierno que le garantice a Gran Bretaña sus exportaciones –lo que se tradujo en el pacto Roca Runciman- y que le aseguraba a la oligarquía no perder ni una moneda de sus ganancias. Ya entonces no querían compartir las dificultades que acarreaba la crisis del año 30, que se llevó la presidencia popular de Irigoyen.
AGRESIONES. Palabras más, palabras menos, con la complicidad del bloqueo norteamericano, fueron los mismo intereses los que resistieron a lo largo de la década peronista, tildando de las peores calificaciones al gobierno nacional y popular del General Perón y agrediendo hasta límites inhumanos a Evita. Sobre el último cuarto de siglo, tomaron el Estado por asalto para destruir los restos que quedaban de una Argentina productiva, industriosa, con trabajadores organizados en sindicatos que hicieron escuela entre los países del tercer mundo a la hora de construir las condiciones laborales, la cobertura de salud, la solidaridad entre generaciones. Con una dictadura fundada en el terror, se arrasó con el Estado, la producción, los derechos. Se instalaba ¿definitivamente? la Argentina de las clases exportadoras e importadoras, vacunas y financieras, la de las clases altas conjugando en francés mientras los provincianos veían escurrirse entre sus manos el trabajo, el ahorro, la calidad de la escuela, las oportunidades.
En el 83 la democracia se debatió sin poder encarar las transformaciones buscadas, un paso adelante, dos pasos atrás. El fin del mundo bipolar, el intocable poderío norteamericano que instaló el consenso de Washington y el pensamiento único, consistente en recomendar a los países más pobres hacer todo lo contrario de aquello que permitió a los países más poderosos, precisamente, serlo. Sistemáticamente nos impidieron subsidiar la producción interna, ser “proteccionistas”, se nos exigía apertura, achicamiento del Estado y ajuste de salarios, se nos reclamaba más y más por una ilegítima deuda que con la dictadura se amplió hasta hacerse impagable. Peor imposible. Con eso, la garantía de perder soberanía.
Entonces ocurrió lo impensable, en 1989 un gobierno electo con legitimidad popular, en representación del peronismo, lejos de profundizar el modelo productivo y aumentar los salarios, adopta la mejor traducción del neoliberalismo. Nuestra moneda crece, el peso se agranda y se convierte -sin que podamos entender cómo- en …dólar. Sí, nuestro peso vale igual que el dólar. ¡Pero ojo! Tal vez lo más impactante sea que no hizo falta, para eso, que aumente ni la productividad ni la producción. Por el contrario, fuimos inundados por baratijas fabricadas con la explotación del trabajo esclavo.
Posiblemente lo más perverso de esa última década del siglo haya sido, precisamente, robarle la esperanza y la confianza al pueblo. No hay palabras para el instante de gobierno depredador de la Alianza, que se fumó en menos de dos años el poder conquistado con el favor de una Argentina que ya no aguantaba más el modelo de la especulación y la importación. Desde hace casi 6 años, una férrea voluntad política, un Proyecto Nacional que se escribe con mayúsculas ha puesto de nuevo a la Argentina en pie. No sin debates, no sin soportar la amenaza permanente de que no vamos a durar, que nadie nos va a apoyar, que apenas vamos a pasar cada proceso electoral.
LOGROS. Los últimos seis años han significado la vuelta a la mesa familiar, a la posibilidad de trabajo, la recuperación de la calidad institucional: consejo del salario mínimo, más de mil acuerdos paritarios, recuperación del sistema solidario de la seguridad social a través de la jubilación estatal, la nacionalización de la línea aérea de bandera, la cobertura casi universal de las personas mayores a través de la jubilación o de pensiones no contributivas, la movilidad jubilatoria por ley, el régimen de derechos de la niñez, la política de salud reproductiva, la nueva ley de violencia de género. La salida del default, mediante una reestructuración y sustancial quita en la deuda externa en manos de bonistas y fondos buitres, y cancelación de la deuda con el FMI.
No hemos esperado que estalle la crisis internacional del capitalismo casino para promover un crecimiento con producción, con trabajo y derecho al consumo para las familias y los hogares argentinos. Desde que Néstor Kirchner se hiciera cargo del desafío de recuperar el Estado, tarea que ha continuado con brillantez la compañera Cristina, hemos elegido el camino de más y mejor empleo, más y mejor educación, crecimiento con equidad y la reconstrucción de la Argentina de derechos. No son otra cosa los planes de promoción del consumo, defensa del trabajo y fortalecimiento de la producción nacional que impulsa nuestra Presidenta.
Las cifras de la economía Argentina, son contundentes: aumento del PBI en un 37,8% en cinco años, logro inédito en Argentina; la tasa de inversión subió del 11 al 24 por ciento. En el 2007 superó el 23% del PBI. La inversión pública creció a tasas anuales superiores al 50 por ciento. Representa 10 veces más de lo que fue ejecutado en el 2002. Las exportaciones aumentaron un 39,7%. La desocupación cayó del 22 al 7,8 por ciento.
Pero lo más importante es lo que los números señalan, ellos expresan la recuperación de la economía, con autonomía del FMI y sus planes de ajuste.
Hoy como ayer, aunque se hayan modernizado las explotaciones de granos, aunque la oligarquía de la pampa húmeda no pueda dejar correr su vista por interminables hectáreas de trigo o de unas pocas vacas, la discusión conserva su actualidad.
Nosotros ya hemos tomado posición en este debate histórico y actual. Nuestro país debe mantener el rumbo de política económica que le ha permitido al Estado recuperar su rol rector, que le ha permitido levantar persianas y dejar atrás los índices de la vergüenza sobre la base de promover la exportación de valor agregado y de cuidar la mejor calidad de nuestro mercado interno y constituir un sistema de comunicación audiovisual moderno tecnológicamente y democrático.
Es necesario respaldar las políticas que nos permiten enfrentar mejor las consecuencias del capitalismo de la especulación. Podemos aspirar a que la renta se distribuya equitativamente quebrando la historia de socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. Debemos mantener con obra pública, estímulo al consumo y financiamiento de la producción el círculo virtuoso de la economía real. La democracia se profundiza cuando no se permite que el gobierno elegido por el pueblo sea extorsionado por los sectores económica y culturalmente más poderosos. Este modelo se sostiene desde la política, respaldando la gestión de gobierno y el fortalecimiento del Estado.
*Nota de opinión publicada en el diario BAE del 20 de abril de 2009
















